Licencia Creative Commons
Palabras enrevesadas se encuentra bajo Licencia Creative Commons.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

QUIERO VOLAR


 
 Cuando el señor Flint giró el pomo de la puerta oyó una voz que le decía: “te echaré de menos”. El señor Flint creyó reconocer aquella voz, apagada y triste, que parecía despedirle del mundo. Sin embargo, su vida no parecía acabarse en aquel momento, todo lo contrario, detrás de aquella puerta se escondía una radiante luz que lo guiaba hacia una habitación repleta de colores. De unos años a esta parte, la vida del señor Flint había transcurrido entre una escala de grises. Su mañana, blanca rota, se perlaba hasta llegar al medio día y después, siguiendo una suave transición, se convertía en gris plomizo. Nada tenía que decir su noche con respecto a esta escala de grises, un negro azabache le arropaba y, mientras descansaba, ese gris, se aclaraba para dar comienzo a un nuevo día.  Atraído por aquellos nuevos colores, el señor Flint avanzó hasta el centro de la habitación, donde reinaba el silencio y, sin saber aún demasiado bien qué es lo que  estaba haciendo en aquel espacio, se dejó caer en el suelo.

El señor Flint sólo era capaz de recordar su nombre, Edward, sin embargo, a pesar de esta circunstancia, parecía disfrutar de la tranquilidad de aquel lugar. Dejó que su visión se perdiera entre aquellos colores y, como si  de un proyector se tratase, filmó, en una de las paredes, la suave sombra de una mujer. Al señor Flint le pareció reconocer en ella a alguien. Sentía que aquella figura, que en ocasiones parecía intentar atraparle, era alguien importante. Se quedó allí, simplemente mirándola, mientras los rayos luminosos seguían coloreando la habitación. Pasado un tiempo, la silueta dejó de intentar apresarlo y se fue difuminando hasta que despareció de su campo de visión. El señor Flint notó por primera vez en aquella sala cómo la tristeza recorría su cuerpo y, aunque no sabía muy bien por qué, intuía que algo se acaba de escapar.

El señor Flint pasó un largo rato allí sentando, intentaba pensar en su vida, pero tan sólo seguía recordando su nombre. Tampoco le inquietaba estar allí estático, su mente se mantenía en calma como nunca antes lo había estado y eso no le desagradaba. El sonido de unos pasos le alertó de una  presencia. Ya no estaba solo, aquella voz hueca confirmó su sospecha. El eco de la habitación hizo que escuchara su nombre varias veces. Se levantó y dirigió una mirada hacia el origen de la voz. Allí pudo ver a un hombre que, con su túnica blanca, destacaba entre todos los colores.

-¿Señor Flint, se encuentra usted bien?

El señor Flint, a pesar de no seguir recordando nada, estaba seguro de que nunca se había encontrado tan bien como en aquel momento. Aquellos esperanzadores colores le hacían sentirse vivo.

                - Dígame Señor Flint, ¿Qué es lo que usted más desea en estos momentos?

Y casi de forma automática, el señor Flint respondió a esa pregunta con una contundente respuesta.

                - Quiero volar.

Aquel hombre se acercó al señor Flint y, dándole una palmadita en la espalda, le respondió:

        - ¿A qué está usted esperando, Señor Flint? – a la par que le señalaba una de las ventanas de la habitación.

El señor Flint, sin dudarlo ni un momento, se subió al alfeizar de la ventana, estiró los brazos y echó a volar. Mientras se alejaba de aquella ventana, quiso echar un último vistazo hacia atrás. A través de un cristal, pudo distinguir de nuevo  la silueta de una mujer que, aferrada con fuerza al cuerpo de un hombre inerte, parecía vaciar su mirada siguiendo la trayectoria de una gaviota que se alejaba volando de aquella escena.

5 comentarios:

  1. Genial, como siempre. Que eres una gran relatista ya lo sabía; con este relato, además, descubro que eres una gran poetisa. Felicidades, Ana.

    ResponderEliminar
  2. Enhorabuena... me encanta, Ana.

    Besos

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu comentario.